La vida salvaje

Sobre las citas románticas, las mascotas más parisinas y el miedo en el primer mundo

Siempre supimos que en Canadá iba a haber más vida salvaje. Me imaginaba renos, ciervos, lindos conejitos saltando en la nieve.

Pero el Toronto salvaje viene en forma de ardillas. Miles. Escuché lo de "las ardillas son como ratas", pero esta gente nunca vio las ratas de París. Son gordas, no le temen a nada. Con sus ojitos calculadores, y sus bigotitos de la Rive Gauche parecen desafiarte: "Vive la revolution! C'est quoi ce veneno que me dejó, monsieur... Nosotrgas no ingerimos nada que no esté en un Camembergt, s'il vous plait."

Las ardillas canadienses son adorables. Con sus colitas peludas, caminan por los cables, comen bellotas, corretean por los jardines de las casa.

El sábado a la noche, volvíamos de cenar con Mr. Alejo, tomados de la mano, cruzando la placita de la esquina. Mr. Alejo dice "Qué es eso? Ahí... parece un zorro". Yo pensé que se estaría confundiendo de animal."No mires!" Me gritó, de pronto. Y, obviamente, miré. Un mapache gigantesco caminó alrededor de un árbol, a dos metros de nosotros. Nunca habíamos visto un mapache en libertad. Nos quedamos quietos, mirándolo. Y entonces se dio vuelta y fijó en nosotros sus ojitos de depredador urbano y tuvimos miedo. Huimos rápido, y echando ojeadas para ver si nos seguía. Cuando salimos de la placita, nos reímos. "Vos viste el tamaño de ese mapache?!" "Ay, que susto me pegué, Alejo! Por qué me dijiste "no mires!"?

Y en eso estábamos, cuando pasamos junto a dos contenedores de basura y de repente, la tapa de uno vuela para arriba y aparece un mapache enfurecido mostrando los dientes. Gritamos "Aaahhh!" El mapache caminó por el borde del contenedor, como planeando saltar y nosotros, todavía gritando, salimos corriendo a toda velocidad por el pasadizo de la obra, hasta llegar al semáforo, desde donde vimos que había aún más mapaches, en otros contenedores de basura.

Sobrevivimos, sí, pero ¿a qué coste? Perdimos un poco de la dignidad que habíamos traído de Francia al correr despavoridos, agarrados de la mano, ante los soldadores de la obra del subte.