La franja de ocio

Sobre los niños de la noche, el ocio europeo y los pequeños éxitos que hay que celebrar

Antes de empezar, quiero decir que amé Francia y volvería sin dudarlo un instante. A veces, mi sarcasmo creativo es confuso y me parece importante aclararlo. Pero... (lo estaban esperando, no? Qué morbosos) Pero...Francia no es un país en el que se pueda mezclar el ocio adulto con los niños. Puesto así, suena mal, pero tengo un buen punto. Paciencia.

Cuando se pone el sol en Francia, los niños desaparecen. Ya cenaron y se están yendo a dormir. No hay niños por la calle, ni en restaurantes. Mis propios niños cenan a las 19:30 y no funcionan para nada bien después de las 21 y menos en público. Es un buen sistema y funciona. Los niños descansan bien y, sobre todo, no molestan.

Los espacios de ocio adulto quedan felizmente preservados de los gritos, berrinches y comida tirada en el piso que los niños dejan detrás cada vez que van a un restaurante. Quién no disfruta de la paz?

El problema es que, cuando los empezamos a excluir de los planes, ponemos en movimiento una rueda imparable: salir sin niños es más fácil, los padres nos acostumbramos y los niños se desacostumbran. Entonces, cada vez alejamos más el ocio nocturno de los niños y creo que eso le pasó a los franceses. Es muy contradictorio porque, curiosamente, sus niños se portan mucho mejor que los del resto de países del mundo.

También viví la anarquía horaria de España, donde los niños pululan por las calles hasta altas horas de la noche y juegan en las plazas mientras los padres se toman unas cañas en la terraza de un restaurante. Es genial para las vacaciones.

Canadá parece estar en un punto intermedio. Los niños existen pasado el atardecer. Se sientan en los restaurantes y pasean por la calle en sus cochecitos. Hay una franja horaria donde el mundo familiar y el ocio nocturno de adultos se unen.

Mis niños, criaturas que antes eran completamente inapropiadas para las salidas nocturnas, se resetearon. No sé si fue la pandemia, Francia o es Canadá, pero ahora podemos salir a cenar en familia. Y no ser la única familia del restaurante, ni recibir miradas reprobatorias de camareros franceses sin niños. O, al menos, lo logramos una vez.